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Volar en Business y en jet privado es el mundo de las comodidades PDF Imprimir E-Mail
escrito por Gustavo Armenta   
lunes, 16 de julio de 2007

2007 julio 15

Volar en Business y luego en un jet privado, es el mundo de las comodidades

Cuando se llega al asiento, el silencio, la amplitud y la champaña que dan la bienvenida causan el efecto misterioso de la relajación en estos nuevos servicios de Lufthansa


Frankfurt.
¿Cómo escribir la crónica de un viaje trasatlántico al nivel de los altos ejecutivos del mundo sin parecer petulante? Difícil tarea. Imposible e innecesaria, diría yo. Porque no hay manera de describir ese mundo reservado para unos cuantos que, a su vez, aspiran a conocer los mundos guardados para otros. Siempre hay algo qué descubrir, aunque ni siquiera imaginemos que exista.

Primero, porque no es lo mismo una aerolínea que otra. Hay malas, regulares y buenas, pero también existen las mejores. Y la alemana Lufthansa es una de éstas. Realizar un vuelo de once horas, pasando de un continente a otro, en un asiento de Business Class, es algo con lo que sueña cualquier pasajero de Clase Turista; así como los asiduos a la Business Class desean calladamente alguna vez vivir la experiencia de la Primera Clase.

Pero el universo de los sueños no termina ahí. Existe todavía otro mundo, más confortable, más íntimo, más insospechado, más glamoroso, más eficiente: el de transportarse en un jet privado, con pilotos y sobrecargo personales, con limusina a la puerta, con champaña y comida de alta cocina para matar el tiempo mientras se mira las nubes desde el mullido sillón de piel y se aspira con placer un cigarro sentado en el cielo.

Quizá aún haya otros mundos. Seguramente los habrá. Siempre hay algo más allá de nuestra capacidad de asombro. Pero uno no piensa en eso cuando se está volando en un jet privado de Lufthansa, jugando al millonario y celebrando su cumpleaños. Simplemente se disfruta.

La nueva Business Class

El placer comienza en la Ciudad de México al entrar en el avión por el túnel que lleva directamente a la cabina de Business Class. Para un viaje de unos cuantos días no es necesario llevar una gran maleta, por lo que la mía, que prefiero no documentar, se ve más pequeña dentro del enorme portaequipaje encima del asiento. Entrego mi saco y la gabardina a la sobrecargo, quien los cuelga en un clóset, y me acomodo en el espacioso asiento a esperar que terminen de abordar todos los pasajeros el enorme B747-400 para iniciar el despegue y, como siempre, me viene a la mente la pregunta: ¿cómo es  posible que algo tan grande y pesado se aleje de la tierra y se sostenga en el aire? No hay nada mágico, conozco la respuesta técnica, pero no por eso deja de parecerme un milagro. Que un avión vuele es uno de los asombros cotidianos que me maravillan perpetuamente; y esa sensación de ser parte de algo prodigioso que no alcanzo a comprender del todo, es uno de los primeros placeres que me proporciona un viaje. Lo he vivido muchas veces y me emociona igual que la primera vez.

Como también me admira que este avión tenga 86 asientos de Business Class y vayan prácticamente llenos. Es notoria la inversión de 300 millones de euros, algo así como 4,470 millones de pesos, que la aerolínea realizó para rediseñar y construir sus nuevos asientos de esta sección, donde lo mismo el sillón se convierte en una ancha y ergonómica cama de dos metros de largo, que se dispone de un control remoto para seleccionar, en el momento que se quiera, una gran variedad de música, películas y videos de conciertos, ópera y series de televisión.

Sin variar, una gran tensión antecede a un viaje de trabajo. Muchas cosas por despachar antes de partir y pendientes que inevitablemente hay que resolver durante el trayecto. Presión que no disminuye cuando uno se sienta en un lugar de Clase Turista, regularmente estrecho por todos lados, con un halo de hacinamiento.

Pero cuando se llega a un sillón de Business Class, de esta Business Class, el silencio, la amplitud y la copa de champaña que dan la bienvenida causan el efecto misterioso de la relajación. Mientras todos los demás buscan su lugar, me quito los zapatos, saco del estuche que hay en cada lugar de Business Class los calcetines de viaje y me los pongo, me arrellano en el asiento, oprimo el botón de masaje y, sintiendo cómo mi espalda vibra y se afloja, me dispongo sin prisa a esperar el despegue, unos tragos, la cena, los vinos. Después conectaré mi lap top al gabinete del asiento para no gastar la batería y trabajaré un rato, antes de ver La Tosca escenificada en el Coliseo Romano, antes de beber un último güisqui, antes de dormirme profundamente, mientras el avión de forma prodigiosa se desliza por el cielo.

El jet privado

Casi a las tres de la tarde aterrizamos en Frankfurt, Alemania, y de ahí volamos a Munich. Después de una estancia de dos días volvemos a Frankfurt, pero no es un regreso como cualquier otro.

No vamos al gran aeropuerto con su casi nueva Terminal 2 exclusiva de Lufthansa, sino a una pequeña estación de aviación privada. Todo es muy personal. Entregamos las maletas y después de unos minutos un vehículo nos conduce hasta la puerta del jet de doce plazas dividido en tres espacios con asientos encontrados y mesas.

Rápidamente despega y en pocos minutos estamos en medio de las nubes. De Munich a Frankfurt es un trayecto de 45 minutos, pero la sobrecargo se da tiempo para abrir varias botellas de champaña, poner manteles y cubiertos, y servir canastas de frutas y bocadillos gourmet.     

Son aviones privados que vuelan a más de mil destinos en Europa y cuando se está ahí, lo único que se puede hacer es disfrutar de ese mundo, de la compañía y mirar las nubes por la ventanilla.

Más información:

lufthansa.com

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