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Yo mato, yo como y se acabó. Una historia de cazadores en Campeche PDF Imprimir E-Mail
escrito por Gustavo Armenta   
lunes, 26 de marzo de 2007

2007 marzo 25

Yo mato, yo como y se acabó

Relato de cómo, a través de la cinegética, un pueblo de Campeche evitó la depredación de sus sembradíos y su fauna, convirtiendo en negocio comunitario la solución de estos problemas


Carlos Cano Cruz. Formalmente, Carlos Cano Cruz no es un pueblo. Las leyes lo reconocen como un Nuevo Centro de Población, que depende del municipio de Campeche. En este lugar, a ciento cinco kilómetros de la capital, de día arde un sol que ablanda la carne y la canícula es una plomada que se precipita sin piedad sobre la coronilla. Pero, a cambio, en invierno la selva regala unas noches frescas en el poblado, sosegadas, con un concierto inaplacable de grillos y chicharras que se apoderan del silencio y la oscuridad que reina a partir de donde mengua la medrosa luz de las bombillas de las casas y las calles de tierra. Aquí los cielos nocturnos son estrellados y las voces viajan con facilidad grandes distancias traspasando el canto de los insectos.

Pero Cano Cruz tiene la razón de su origen muy lejos de ahí, en tierras tlaxcaltecas, hacia el centro del país. Tlaxcala es el estado más pequeño de la república mexicana. Con mucha gente y poco suelo para repartir, en 1988 enfrentó problemas de invasiones, pleitos entre grupos de campesinos que reclamaban tierras para trabajar. Los ejidos ya no alcanzaron y los hombres comenzaron a ocupar terrenos de particulares que presionaron al gobierno de Beatriz Paredes para que los desalojara con la fuerza pública. Hubo enfrentamientos y, para evitar un problema político mayor, las autoridades impulsaron un programa de colonización en otras latitudes, donde hubiera tierra buena y faltaran manos para explotarla. Fue un acuerdo tripartito, con el gobierno federal y el de Campeche. Emigraron 280 hombres, algunos con familias, todos tlaxcaltecas, aunque se les unieron tres que llegaron de Veracruz.

Hoy, Cano Cruz tiene 155 habitantes, muchos de los cuales ya nacieron aquí y son campechanos o canocrucenses. Quedan 44 familias que difícilmente se moverán de este lugar. Hay quienes llegaron solos y aquí se casaron con mujeres de Campeche, produciendo un mestizaje cultural; pero también hubo quien, después de un tiempo, decidió seguir en búsqueda de algo mejor y se fue a Estados Unidos con todo y familia.

Pero los que se quedaron están muy orgullosos de haberlo hecho y de haber fundado este centro poblacional.

--Cuando llega un forastero, aquí lo primero que te van a decir es: “¿Ya comiste?”, “¿Ya tomaste agua?”, “¿Qué te ofrezco?” Nosotros ya sentimos en la sangre lo que es fundar un pueblo. Con sus carencias, con sus problemas, con sus luchas –dice Aurelio, el líder del pueblo.

En los otros pueblos ya tienen amigos, compadres y hasta yernos, nueras y consuegros. Con base en el consenso, llegaron a hacer lo que en ningún otro poblado de los alrededores: prohibir la venta de licor.

Sus diversiones son otras. Para los fines de semana tienen un campo de futbol y ahí juegan los jóvenes, hacen torneos con los muchachos de las localidades de la región. O por las noches practican básquetbol con invitados de otros pueblos y otras veces la cancha se convierte en recinto de festividades. Los domingos asisten a los servicios religiosos y luego van a visitar a los compadres, a los amigos, o los reciben en sus casas. Otras veces se van a nadar al mar, que está a cien kilómetros, en las playas de las afueras de Campeche.

Una de las aficiones de Aurelio es la cacería, el deporte del tiro al blanco, y la selva de Campeche está llena de animales para practicarla. Jabalís, venados, tejones, tinamús, pumas, codornices, pavos, conejos, tepezcuintles, zorras, ocelotes, coatís, jaguarundis, pecaríes, hocofaisanes, patos, palomas y otros pájaros andan por todos lados y los lugareños acostumbraban matar algunos para comérselos, era una de sus fuentes de alimento.

En conjunto, Cano Cruz, que se encuentra al sureste de la ciudad de Campeche, abarca una superficie de 9,600, cuatro mil para el cultivo y el resto de monte y pueblo. Pero tal extensión pronto les mostraría sus inconvenientes. Con abundante fauna frente a los enormes sembradíos que antes no existían, aquello se convirtió en un festín para los animales. El saqueo lo comienzan los jabalís que penetran en los maizales para comerse las mazorcas. Si fuera uno que otro, no habría problema, pero llegan en manadas de veinte o treinta que en una sola noche tiran y mastican diez mil matas. En una semana pueden acabar con una hectárea. Luego viene el pavo ocelado y come de los granos que dejaron desperdigados los puercos; después, el venado, que no come maíz pero sí se zampa el retoñito que viene de la mata. Más tarde, los tejones, coatíes y pájaros se unen al banquete. Todos llegan a comer de la milpa.

Pero, peores que éstos resultaban los cazadores furtivos. Eran juniors de Campeche que también por las noches irrumpían en los sembradíos con sus jeeps cuatro por cuatro, equipados con reflectores y rifles de alto poder, para conseguir venados o jabalís. Se metían con sus vehículos entre la milpa y atravesaban los cultivos, aplastándolos. Por la mañana, Aurelio y su gente descubrían que les habían pisoteado el sembradío o matado una vaca a la que le habían disparado al mirarle los ojos en la oscuridad, confundiéndola con un cola blanca. Todo eso los perjudicaba mucho. Una cosa es matar por hambre y otra por deporte cuando se es rico, sin que importe dañar el patrimonio de otros, se quejaban.

La única manera de evitarlo era montando guardias nocturnas, lo cual resultaba muy desgastante, además de que había el peligro de enfrentamientos. Así que mejor comenzaron a investigar y a documentarse para ver de qué forma podían evitar la caza ilegal. De esta manera, en 1997 llegaron a la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca, simplemente conocida como Semarnap, para pedir asesoría y consejo. Ahí les dijeron que lo mejor era que constituyeran una Unidad de Manejo para la Conservación y Aprovechamiento Sustentable de la Vida Silvestre que, ante lo largo del nombre, todos prefieren llamarla nada más UMA. Les explicaron qué es, para qué sirve, sus beneficios y obligaciones. Al ver que con eso iban a contar con ayuda del gobierno al tener apoyo de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente, llamada Profepa, y del ejército, decidieron que sí querían convertir sus tierras en una UMA. Registraron el predio, llenaron la solicitud y obtuvieron la autorización.

Transformados en UMA, en los caminos y linderos de sus terrenos pusieron letreros de prohibición de caza, que surtieron efecto porque ya tenían los logotipos de la Semarnap, de Profepa y de propia UMA.

Sin embargo, la UMA ayudó a controlar a los furtivos, pero no resolvió el problema de las comilonas en la milpa. Paradójicamente, a la larga, cuidar a la fauna de los cazadores les perjudicó, porque entonces había más venados y puercos para devorar sus plantíos. ¿Cómo resolver esta contradicción? Nueva paradoja, había que regresar a traer cazadores, pero esta vez de manera legal, controlada y obteniendo un beneficio extra de ellos. La solución fue que en la UMA se llevara a cabo aprovechamiento cinegético con el aval de la Dirección General de Vida Silvestre y hacer sinergia con un prestador de servicios que trajera cazadores responsables.

De esta manera fue como iniciaron, realmente sin pensarlo como negocio, sino como la solución a un problema, una empresa que les traería significativos ingresos económicos. Porque con la llegada organizada de cazadores, que provienen principalmente de Estados Unidos, todos ganan. La derrama económica que dejan los visitantes es amplia: pagan transporte, impuestos, hospedaje, equipamiento, alimentos y las autorizaciones correspondientes.

--Al estar con nosotros nos dejan un beneficio porque se queda algo en el pueblo. Compran en la tienda de aquí, con su dinero se pagan los sueldos de los lugareños de Cano Cruz que les trabajan de guías y choferes, además del derecho de cazar al animal. Así estamos sustentando el medio ambiente, cuidando, pero también aprovechando. Hay una derrama económica que viene del exterior –dice.

En el caso de Aurelio, él tiene ingresos extra porque es dueño del local donde se hospedan los cazadores. En realidad es su casa y se las renta; mientras tanto, se va con su familia a vivir a otro lote que tiene y ahí se quedan hasta que termina la temporada de caza. También trabaja como guía durante las expediciones y les vende las artesanías que diseña y elabora, como bellos aretes de pluma de pavo ocelado. Esto le compensa el trabajo que realiza como responsable de la UMA, que por ser un servicio social no le es retribuido económicamente. No le da sueldo, pero sí responsabilidades, que todo marche bien, que no se metan los cazadores furtivos, hacer la documentación y trámites que se requieren, así como llevar a cabo el Plan de Manejo, que no se cacen más animales de los autorizados.

--La responsabilidad de la UMA es personal. Si vienen a revisar, nos revisan a nosotros, no al pueblo. Y si algo sale mal, los de aquí nos van a decir “tú la regaste y por tu error yo no voy a dejar de ganar mi dinero, así que quiero los dos mil quinientos pesos que me tocan”. A ellos no les va a importar si la regué o no, ellos quieren su lana, porque ya están acostumbrados a que van a cuidar todo el año, a que van a esforzarse, van a evitar hacer lo que hacían otros: cazar para el sustento, sin importar si son hembras y crías. Saben que aparte de lo que les toca por cada cazador que viene, ganan otros trescientos pesos por pavo cazado en sus parcelas, por eso ahora no se comen ni uno, los cuidan, les llevan agua, alimento y los protegen –dice.

De manera personal y colectiva, la actividad cinegética deja beneficios económicos a los habitantes de Cano Cruz. Pero no es todo. Al realizar sacrificios controlados, también se regula el crecimiento de la población de las diferentes especies que se pueden aprovechar y así se evita que se conviertan en plaga y dañen sus cultivos; al mismo tiempo que se protegen todas las demás especies que viven en la UMA.

Pero esta actividad tiene reglas precisas. En la UMA les cobran a los turistas el permiso para cazar pavos en tres mil quinientos pesos, más aparte lo que les cobra el prestador de servicios que los trae, por el resto de los servicios como transporte, hospedaje, comida y equipo. Es por cinco días y, si en ese tiempo no logran atrapar nada, se van con las manos vacías o tienen que comprar otro permiso y permanecer más tiempo. Muchas veces logran sus trofeos el primer día y el resto del tiempo se quedan de paseo. Otras, cazan su pavo y se quedan contentos, se olvidan del venado y del jabalí y se dedican a tomar fotos.

--El prestador de servicios les cobra a los cazadores. El paquete para cazar en nuestra UMA incluye el transporte de Campeche a Cano Cruz,  hospedaje, vehículos buenos para el campo, guías, armas, cartuchos, cocinero, comida, bebidas sin alcohol, los cintillos de cobro cinegético y las autorizaciones correspondientes para que no tengan problemas en la aduana. De ahí nos paga los tres mil quinientos pesos por la UMA, que son para la comunidad, por cinco días, cace o no cace –explica Aurelio.

La cacería tiene su chiste y sus leyes. No es nomás así salir a cualquier hora a buscar al animal. No, es un deporte casi ritual. En primer lugar, no se debe matar de noche. La ley prohíbe cazar antes del amanecer y después del anochecer. En la oscuridad no se puede, porque está prohibido utilizar luz artificial. En la primavera el día clarea a las cinco y media y esa luz es como el banderazo de salida. Las mañanas están nuevas y la selva fresca. Desde esa hora y hasta las diez y media los animales se mueven y los cazadores también. Después el sol comienza a levantar y arde hasta llegar a los cuarenta grados y nadie lo aguanta, ni los bichos ni los hombres que los persiguen. Ambos huyen de los rayos quemantes y se refugian en la sombra.

El pavo macho empieza a cantar a las cinco y media porque es su época de celo. El gorjeo del ave indica que es macho, adulto, en época de reproducción y, por lo tanto, apto para ser cazado. Busca hembra de las cinco y media a las nueve de la mañana, pero una vez que pega el calor de abril, ni el gringo aguanta ni el pavo está, se mete al monte a bañarse de tierrita para enfriarse.

Lo mismo sucede con el venado temazate, que sale a buscar alimento de las siete a las diez. Cayendo los rayos del sol busca la sombra del monte y, si no hay agua cerca, se entierra en la hojarasca para guardar energías para la tarde. Entonces se caza temprano o de tarde, pero nunca de noche.

Cuando consiguen una pieza, los cazadores regresan muy contentos a la casa de Aurelio. Únicamente se llevarán la piel, así que los lugareños le extraen la carne y dejan los puros huesos con articulaciones, y la bañan con Bora, un polvo especial que evita que se eche a perder, sin lastimar las plumas o el pelo, hasta que llega a las manos del taxidermista. El cintillo foliado que garantiza que el animal fue cazado legalmente y con todos los permisos se le pone de inmediato. A los cinco días la pieza se empaqueta y se la llevan en una caja. La entregan en la aduana donde permanece en cuarentena y los cazadores se van dejando la dirección del taxidermista que luego la arma, la deja bonita y la entrega en la casa del cazador. Ese trabajo lo pagan aparte. Por una cabeza de venado cobran tres mil pesos y por todo el cuerpo nueve mil.

La gente de Aurelio pela los bichos que cazan. Si es venado, utilizan unos bisteces para la comida de los perseguidores y el resto es para ellos; lo que les interesa a los cazadores es la piel. Con el pavo, lo mismo. La pechuga es como de codorniz gigante, blanca, muy blanca, la marinan con salsa inglesa y de soya y queda muy sabrosa.

--Sin embargo, a pesar de que hay bastantes, Semarnat no nos permite cazar muchos. Hay un límite. Si metemos un Censo de Población en el cual solicitamos permiso para matar cuarenta pavos ocelados durante la temporada, a lo mejor nos autorizan treinta, aunque las parvadas sumen dos mil, tres mil animales. Y si pedimos cintillos para cuarenta venados, nomás nos dan diez. De todo lo que metemos sólo nos permiten lo que ellos catalogan que se puede aprovechar. Este año nos dieron como veinte pavos, diez venados y cincuenta jabalís. No es mucho, podría ser más porque animales hay suficientes –asegura.

Desde hace seis años la gente de Cano Cruz realiza aprovechamiento cinegético en la UMA, lo cual se ha convertido en una importante fuente de ingresos para la comunidad. En promedio, tan sólo por los cintillos perciben alrededor de 110 mil pesos anuales, sin contar todo lo demás. Ese dinero se lo dividen a partes iguales.

Por acá, de marzo a mayo es temporada de secas y, a través del programa Procampo, el gobierno les da una ayuda de ochocientos pesos por hectárea sembrada. Cuando se reparten el dinero de los cazadores, les toca como de a dos mil quinientos pesos por cabeza, lo que para ellos significa recibir el subsidio de tres hectáreas más. No es tanto, pero una ganancia extra es la sustentabilidad que logran en sus tierras. Además, matan los machos pero no tocan a las hembras ni a las crías. Ahí entra la conciencia, la cacería responsable.

--Tanto ayudamos al ecosistema como nos ayudamos a nosotros, y nos incita a que sigamos cuidando y metiendo vigilancia participativa. Los dos mil quinientos pesos ya es una buena ayuda –dice Aurelio.

A dieciséis años de haber llegado a Campeche, lleno de ilusiones y de incertidumbre, Aurelio Sánchez es un hombre pleno que nunca regresaría a la gran ciudad. Está contento con vivir rodeado de selva, en pleno contacto cotidiano con la naturaleza.

--Créeme que estoy bien feliz. Campeche tiene un potencial que solamente los de afuera podemos ver, la gente de aquí no lo sabe. Te estoy hablando de la gente nativa de los pueblos, que tienen costumbres de:

--Porque mi abuelo mataba, cazaba, yo lo sigo haciendo.

--Oye, pero no tires hembras, te va a dejar dinero cuidarlas.

--¿Y qué?, me da igual. Yo mato, yo como y se acabó --dicen ellos. Es su cultura, pero ahora, en los seis años que llevamos con este programa, ya hay UMAS en los pueblos vecinos que eran muy depredadores. Y estamos hablando de más de 200 mil hectáreas vecinas. Gracias a Dios hemos servido de punta de lanza. Primero fuimos muy criticados por la UMA, les molestaba que les prohibiéramos cazar en nuestros terrenos, no les parecía. Pero ahora que ellos también son UMA, ya muchos tienen su camionetita; cuando llegamos eran puras bicicletas y las señoras llevaban su carga de leña. Hoy tienen vehículos y herramientas. Despertamos el interés de los demás –resume Aurelio.

Resumen del capítulo 3 del libro: “Los cazadores de Campeche”, de Gustavo Armenta, editado por Semarnat

Milenio Diario. TornaVuelta

Modificado el ( jueves, 13 de septiembre de 2007 )
 
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