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Buenos Aires, la efímera eternidad del instante PDF Imprimir E-Mail
escrito por Gustavo Armenta   
lunes, 22 de enero de 2007

2007 enero 21

Buenos Aires, la efímera eternidad del instante

Envueltos en la contundencia autoritaria del bandoneón y el contrapunto del violín doliente, la pareja inicia el ritual del tango, dibujando con sus movimientos circulares y sincopados, instantáneos y fugaces óleos de seducción


Buenos Aires.
En la tarde de un duro invierno parisino, entré al Café de la Paix, frente a la Ópera, para tomar algo caliente. Ocupé una de las pequeñas mesas que formaban una hilera frente al ventanal que da a la avenida del mismo nombre y pedí un coñac. Mientras bebía y miraba la pasarela callejera de elegantes abrigos, guantes, gorros y atuendos para el frío, escuché hablar español en la mesa de al lado y comencé a conversar con los vecinos.

Eran tres argentinos que por primera vez visitaban París. ¿Les ha gustado la ciudad?, es muy bella, pregunté simplemente por decir algo. Ehhh, sí, es linda, casi tanto como Buenos Aires, me contestó uno de ellos arrastrando las palabras con desdén.

Nunca había estado en la capital de Argentina, así que, sin referencias para comparar, pensé que la respuesta se debía solamente a la pedantería que les ha dado fama en todo el mundo a los argentinos.

Doce años después, esta anécdota enterrada en el olvido viene a mi memoria mientras vuelo en un viejo Boeing 767, sufriendo el mal servicio de la sobrecargo que le toca atender esta parte de la cabina. Por fin conoceré Buenos Aires y, dándoles a regañadientes el beneficio de la duda, veré si el argentino aquél tenía razón o sólo fue una frase cargada de chauvinismo.

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El escenario es oscuro y, como si no bastara, sueltan bruma. En el tablado todo es negrura, soledad y silencio. Únicamente lo habitan dos farolas de tímida luz, simulando una calle abandonada a la medianoche. En ese momento suspendido en los cientos de ojos que miran desde las mesas donde acaban de cenar, la noche de utilería se rompe con el golpe seco del sonido del bandoneón que en un instante todo lo llena y sobresalta. De la nada aparecen los hombres, viriles, soberbios, altivos, machos, dominantes, figurines, falsos fifís con sus trajes de gángster y sombrero cayendo sobre la frente. También entran a escena ellas, bellas, sensuales, receptivas, seductoras, con negros y ajustado vestidos abiertos en la entrepierna.

Surge también el llanto del violín, nostálgico, suplicante, dramático. El pequeño instrumento solloza y canta, platica, narra una historia triste, llena de amor y tragedia, de momentos de gozo seguidos de olvido.

Pero todos ellos sólo son los coristas, parte de la escenografía viviente. Minutos después emerge una mujer vestida con encajes negros, blanca espalda desnuda y largos guantes fiusha, junto con él, envaselinado el cabello echado para atrás, traje y corbata grises, camisa blanca, clavel rojo de firulete en la solapa, impecable pero finolis, con mirada de perdonavidas.

Envueltos en la contundencia autoritaria del bandoneón y el contrapunto del violín doliente, la pareja inicia el ritual del tango, ese baile de sexo amagado, dibujando con sus movimientos circulares y sincopados, instantáneos y fugaces óleos de seducción y sensualidad en la borgiana efímera eternidad del instante, plenos de deseo.

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Al final del barrio de La Boca, un flaco pedazo del Río de la Plata se mete en Buenos Aires. En sus aguas flotan algunas barcazas y varias grúas se yerguen inmóviles a la orilla, descansando del arduo trabajo de cargar y descargar contenedores en los buques. Pero únicamente es un hilo líquido que engaña sobre la magnitud del río. Si se recorre con la mirada hasta llegar a la desembocadura, el visitante descubre que el Río de la Plata es grande como un mar, sin la otra orilla, con un horizonte de cielo y agua.

Ahí, parado en la ribera, absorto en ese océano de agua dulce, otro momento volátil se presenta y la nostalgia de lo ausente golpea y remueve los olvidos enterrados en el tiempo y la distancia. Las imágenes asaltan provenientes de algún rincón de la lejanía y el pasado que no deja de ser presente, y sólo entonces una claridad providencial hace entender por qué Oliverio Fernández, en El Lado Oscuro del Corazón, desde la cubierta de un ferry le recitó a este río un poema de Juan Gelman, mientras viajaba a Montevideo: “Yo no sabía que no tenerte, podía ser dulce como nombrarte para que vengas, aunque no vengas; y no haya sino tu ausencia, tan dura como el golpe que me di en la cara pensando en vos”.

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El tango es una música de cuitas anticipadas, de abatimientos, de consternaciones, de agonías, de zozobras. Y más cuando suenan en el escenario las primeras notas de “Mi Buenos Aires Querido”. En medio de esa congoja brota otra pareja que bailando se adueña de la pista, el aire y el espacio. En contraste, el bailarín porta traje y sombrero blancos, mientras su compañera repite la vestimenta negra, que deja ver más carne que la que oculta.

En un parpadeo llenan el recinto con sus giros violentos e inverosímiles, con su vertiginoso juego de pies que inexplicablemente no se enredan, inacabable danza de un eterno perseguir de pubis, incansable, donde él siempre arremete, pero ella perpetuamente lo evita, huidiza, retrasando sólo lo que habrá de suceder, inevitable, dramáticamente, para darle un sentido a la música que marca la cultura de este país.    

Es el baile del retozo pertinaz, de la apetitosa carne que se ofrece regateando en un diálogo de piernas que alardean, que se enlazan y desanudan.

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La Boca es una explosión de color en un barrio de pobres que ahora debe cotizarse caro. Las fachadas de lámina y madera de las casas están coloreadas de vivos amarillos fulminantes, naranjas encendidos, azules eléctricos, rojos sangrantes, verdes bandera, blancos luminosos, rosas mexicano, violetas furibundos. Es como un Tlacotalpan caótico y arrabalero que supo sacar provecho de su origen de tristezas y carencias, cuando hace más de 150 años los italianos que lo fundaron tuvieron que usar los sobrantes de pinturas de los barcos, para convertirse hoy en una de las principales atracciones de Buenos Aires que ya siempre luce como recién pintado.

Este suburbio es la suma de los clichés argentinos: está lleno de Dieguitos y Mafaldas, como cantara Sabina; desde un balcón amarillo canario con ribetes azules y herrería colorada, maniquíes de Gardel, Evita y Maradona saludan a los turistas; las calles peatonales se colman de puestos de acuarelas del propio barrio o de bailarines de tango; de tiendas de souvenirs con nombres tangueros como “Caminito”, que venden efigies de Diego Armando Maradona, el dios vivo y mil veces redimido y perdonado de este país; y de parejas que bailan tango por unas monedas y músicos que lo tocan.

Los motivos vernáculos son su divisa y su mayor tesoro es albergar a “La Bombonera”, el estadio del Boca Juniors, favorito del pueblo, sin estacionamiento y rodeado de casas, antagonista del River Plate, el equipo de lo ricos. Esencia y destino de La Boca, un sitio para empaparse del espíritu argentino.

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Una vez más, en el escenario del “Señor Tango”, masivo cabaret a donde los turistas llegan en oleadas, aparecen las notas musicales que conmueven más allá de lo que diga la letra de la canción. El bandoneón manda en acordes cortados, mientras los violines lagrimean en largas notas sostenidas. Ahora otra mujer viste de rojo sexoso y el hombre de indiferente gris. Bailan como si estuvieran solos a la orilla de la cama de un hotel de paso. Los dos son dioses danzando en simulación de un preámbulo amoroso lleno de apatía ficticia, sin sentimientos, sin expresiones, sin que se mueva un músculo de la cara ni la mirada lance nada más que indiferencia. Pero se dicen que se quieren aunque no se digan nada; hablan de deseo, aunque sus pupilas sean fríos alfileres.

Es un baile de amores frustrados, de pleitos y reconciliaciones, de reclamos y perdones, de intimidación, de violación consentida, de amor salvaje. Es un derroche de habilidad, de piernas que abrazan como brazos; lánguida rapidez y frenetismo que se arrastra lento. Ojos de piedra, piernas de papel volando.

DETALLES

Para no olvidar

*Guarde dinero. Al salir de Argentina los turistas deben pagar un impuesto equivalente a veinte dólares.

*El cambio de divisas es de tres pesos argentinos por un dólar.

*Mexicana de Aviación vuela directo a Buenos Aires.

MINIAGENDA

Consejos

*En Argentina los artículos de piel siguen siendo muy baratos. No regreses sin comprar alguna chamarra, saco o cartera. A la piel le llaman cuero.

*Uno de los mejores restaurantes para comer la gastronomía típica, carnes y empanadas, es La Cabaña, donde tienen la peculiaridad de que te dan impresa el acta de nacimiento de la res que te comes, además de su fotografía.

*En esta ciudad está prohibido fumar en todos los lugares públicos.

*Casa Cruz, restaurante de comida urbana local, está de moda. Por alguna razón que no pudieron explicarnos, aquí se puede fumar en la barra del bar.

*El dulce típico es el alfajor, una galleta rellena de cajeta. Pero no pronuncies la palabra “cajeta”, ya que tiene una connotación sexual y mucha gente se ofende. Mejor di: “dulce de leche”.

Más información:

lacabanabuenosaires.con.ar

buenosaires.com.ar/casa_cruz_/1.html

PIE DE FOTO

Más europea que latina, Buenos Aires es una sucesión de postales instantáneas que pueden disfrutarse por separado, pero que conforman un todo. Desde el colorido barrio de La Boca, con su mítico estadio de futbol, hasta Puerto Madero, fruto del rescate de un viejo muelle abandonado, moderno centro de encuentro para comer y beber algo a lo largo de un brazo del Río de la Plata, donde atracan veleros.

Para entender esta ciudad hay que visitar la Plaza de Mayo, con su carga política, frente a la Casa Rosada, sede del poder ejecutivo, y junto a la Catedral que, más que iglesia, parece un templo romano; la tumba de Eva Perón en el cementerio de la Recoleta, comer un asado y hasta mirar los multifamiliares apiñados, que no rompen la armonía urbana.

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