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El Tajín, la mágica ciudad totonaca PDF Imprimir E-Mail
escrito por Gustavo Armenta   
lunes, 24 de julio de 2006

2006 Julio 23

El Tajín, la mágica ciudad totonaca

Ubicado a trece kilómetros de Papantla, es uno de los centros arqueológicos más importantes de las culturas mesoamericanas. Ocupa una superficie de 1.5 kilómetros cuadrados, en donde se distribuyen 168 edificios


Papantla. Un día de hace poco más de veinte años, decidí conocer una tierra en la cual nunca había estado. Así que hice mi maleta y me lancé directo al Puerto de Veracruz, el cual fue mi punto de partida para visitar otras ciudades veracruzanas. De entre los amigos que se suelen hacer cuando se viaja solo, alguien, en algún lugar que no recuerdo, me dijo que no podía regresar sin antes haber visto El Tajín, la gran ciudad totonaca.

Me daba lo mismo ir a un lugar que a otro, así que le hice caso y una tarde tomé un autobús hacia Papantla, la famosa ciudad de la vainilla y los voladores. Recuerdo que llegué de noche, envuelto en truenos intimidantes, relámpagos cegadores y un viento que olía a agua. En cuanto puse un pie fuera del camión, comenzaron a caer unas gotas grandes y pesadas que dolían como coscorrones.

Corrí hacia el primer hotel que encontré, el cual no estaba muy lejos, y alquilé una habitación. Resultó ser el hotel Tajín, un edificio de varios pisos con salas de estar en cada uno, cuartos grandes y amplios pasillos. Aún no terminaba de registrarme cuando se precipitó sobre el pueblo una tormenta bíblica, violenta y estruendosa. Después sabría que Tajín significa trueno.

Impedido de salir a recorrer las calles y buscar algún lugar típico para cenar, no me quedó más opción que bajar al bar por una cuba e írmela a beber a una de las salas y mirar por el ventanal el mar que caía del cielo. La soledad del bar invitaba a no quedarse en él. Pronto descubriría que el hotel estaba lleno de gringos de la tercera edad, que conducían dos guías de turistas mucho más jóvenes, uno era mexicano y la otra estadounidense.

En la mesa de la sala que elegí para beber, como en una película de cabareteras, me encontré al llegar a una de esas gringas, como de sesenta años, robusta, enfundada en un camisón blanco, tomando sola brandy con vermouth. Extraña la imagen, extraña la combinación de alcoholes. Expectantes sobre la mesa, las dos botellas presagiaban una extensa noche. Con mi vaso en la mano me senté a platicar con ella y cuando se me acabó me convidó de lo suyo. Larga se hizo la conversación en la noche lenta en que me platicó su vida. A la tercer copa aparecieron los guías de turistas, preocupados. Era la única que les faltaba acostar y no la encontraban. Pero la mujer se negó a irse a dormir, quería seguir platicando y bebiendo. Al mexicano no le quedó más que revelarme su romance con la colega y me confió el número de cuarto en que estarían, por si algo pasaba. Y se fueron.

Cuando las botellas llegaron a la mitad, la matrona ya no pudo más y me pidió que la llevara a su habitación, pero no pudo siquiera ponerse en pie. Ante la difícil tarea, tuve que ir a interrumpir a mi paisano guía y entre los dos la depositamos en su cama.

A la mañana siguiente la cruda fue ruda. Mi tormenta interior me decía que brandy con vermouth es una revoltura criminal. Le pedí a dios que la gringa de anoche, que ahora me parecía sólo una epifanía y de la que no supe más, hubiera sobrevivido y me lancé a conocer El Tajín, “La ciudad del trueno”.

En unos cuantos minutos el camión me dejó sobre la carretera y caminé un sendero selvático que llevaba a las pirámides. El lugar estaba vacío, era todo para mí solo. Comencé a recorrer sus avenidas, a admirar sus templos, a sentir la rara sensación de caminar una urbe fantasmal que alguna vez estuvo viva y majestuosa. Nada se escuchaba, nada se movía, hasta que empecé a oír una insólita música oriental que salía de quién sabe donde. Pensé que era producto de mi resaca, algún efecto colateral del patibulario coctel, pero no, ese dulce sonido era real y me llenaba de una tranquilidad que me ponía en sintonía con la paz que inundaba el sitio, rebajando mi dolor de cabeza.

Como los ratones al flautista me dejé llevar por la tonada que flotaba entre las ancestrales piedras e inicié a perseguirla. Me detuve cuando me topé con un japonés que en una pirámide meditaba junto a una grabadora que liberaba aquella melodía hipnótica. Me senté junto a él y conversamos en medio de aquella majestad, como dos amigos que se identifican por compartir la razón para estar en ese lugar. Era un pintor que vino desde su país para conocer la gran ciudad que construyeron los totonacas y seducido por todo aquello decidió quedarse a vivir.

Más de dos décadas después, estas historias empolvadas en la memoria resurgieron al regresar hace unas semanas a Papantla y a El Tajín. Le comento sucintamente la segunda a Fernando, el guía que ahora dirige el recorrido por la zona arqueológica que ya cuenta con tiendas de artesanías, restaurante, museo de sitio y una taquilla en la que hay que pagar por entrar, y sorprendido me dice que aún vive en el pueblo un pintor japonés que un día llegó para quedarse. La gringa quizá aún viva o tal vez murió una madrugada víctima de su asesino brebaje, ojalá y no; pero el japonés que me dice Fernando que todavía habita en Papantla, pudiera ser aquél que compartió conmigo su música balsámica y esta ciudad legendaria que alguna mañana fue solamente para nosotros dos. No sé, quizá debería regresar un día de estos y buscarlo y preguntarle. El pueblo todavía no es tan grande como para no encontrarlo.

Pero tantos años después, encuentro que la magia de este sitio sigue intacta. La misma que ha conservado durante siglos. Con su pirámide de Los Nichos, icono que la identifica, que probablemente sea la construcción prehispánica más bella que se conserva, con sus 365 huecos de piedra que ya medían la duración de un año; con sus cornisas voladas, que hablan de la tecnología que ya habían alcanzado los hombres sabios que la habitaron.

La historia

Ubicado a trece kilómetros de Papantla, El Tajín es uno de los centros arqueológicos más importantes de las culturas mesoamericanas. La llamada “Ciudad del dios del Trueno” ocupa una superficie de 1.5 kilómetros cuadrados, en donde se distribuyen 168 edificios.

La concentración de monumentos, templos, palacios, altares y juegos de pelota en la zona es notable y un signo diferencial con respecto a otras ciudades prehispánicas halladas en el continente.

La Pirámide de los Nichos destaca entre las construcciones por su perfección geométrica, en la que los 365 nichos distribuidos en la edificación simbolizan la duración del año terrestre. Entre los espacios dedicados al juego de pelota, un ritual profundamente religioso más que un deporte entre los antiguos pobladores, sobresale el Juego de Pelota Sur, cuyas escenas esculpidas cuidadosamente permanecen inalteradas hasta la actualidad.

La existencia de El Tajín fue ocultada celosamente por el pueblo totonaco durante la ocupación española, hasta que fue descubierto accidentalmente por Diego Ruiz en 1785. Aunque había sido tapada por la selva, la ciudad llegó a nuestros días conservando el misterio de sus orígenes y su significado ritual, dispuesta a la vista de los que disfrutan del conocimiento de la vida y la cultura de los pueblos antiguos que habitaron la región

Desde 1992 existe en la zona un museo que conserva los hallazgos más importantes realizados en la ciudad. El Tajín revela ante los ojos de los visitantes la riqueza cultural y la complejidad de una de las sociedades mesoamericanas más desarrolladas hasta la llegada de los españoles.

DETALLES

Para no olvidar

*Las poblaciones más antiguas de la cultura totonaca son Papantla, Coxquihui, Zozocolco y Tecolutla.

*La gastronomía de esta zona se compone de una extensa variedad de platillos con influencia huasteca, entre los que destacan los elaborados con base en pescados y mariscos.

*La zona arqueológica de El Tajín se localiza a ocho kilómetros de Poza Rica.

*Poza rica está ubicada a 309 kilómetros de la Ciudad de México y a 255 kilómetros del Puerto de Veracruz.

*Para llegar a El Tajín por tierra desde la Ciudad de México, hay que tomar la autopista hacia Pachuca, continuar por la desviación hacia Tulancingo y seguir las indicaciones hasta Poza Rica.

Más información:

www.veracruzturismo.com.mx

MINIAGENDA

*Unas de las principales fiestas regionales totonacas se llevan a cabo en septiembre, en las localidades de San Mateo Coxquihui, del 21 al 28; y en Zozocolco, el día 29.

*Coxquihui se encuentra a 74 kilómetros de Poza Rica y Zozocolco a 80 kilómetros.

*Durante varios días, que incluyen el equinoccio de primavera el 21 de marzo, en la zona arqueológica cada año se efectúa el festival “Cumbre Tajín”. Se trata de un encuentro de culturas que tiene el propósito de rescatar y dar a conocer las tradiciones, danzas y ritos más representativos de la cultura totonaca.

*Dentro del parque temático donde se celebra este festival, se desarrollan talleres de manualidades, danza, artes plásticas, temascales, esoterismo, aromaterapia y espectáculos masivos de artistas nacionales e internacionales.

*También ofrecen hospedaje en campamentos de diferentes categorías y precios.

Milenio Diario. Suplemento TornaVuelta

Modificado el ( martes, 29 de enero de 2008 )
 
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