Menu Content/Inhalt
 
Inicio arrow Crónicas de viaje arrow Las pinturas rupestres de BCS
Advertisement
Las pinturas rupestres de BCS PDF Imprimir E-Mail
escrito por Gustavo Armenta   
jueves, 01 de abril de 2010
Las pinturas rupestres de la sierra de San Francisco

Image

Por Gustavo Armenta

CAÑÓN DE SANTA TERESA. Mayo 9 de 2010. Resguardadas por un desierto, una sierra y un cañón profundo, en Baja California Sur existen unas milenarias pinturas rupestres, las mejores de México, que alguna vez en la vida hay que admirar in situ. Pero llegar hasta ellas no es sencillo. El viaje implica todo un periplo que conjuga aventura, campismo, ecoturismo, montañismo, cultura, turismo rural y gastronomía.

Para comenzar, hay que volar a Guerrero Negro, una pequeña ciudad en medio de la península de Baja California. Pero no se debe llegar creyendo que las pinturas están a la vuelta de la esquina. No, arribar a Guerrero Negro es apenas el inicio de una larga travesía.

Las pinturas rupestres de la sierra de San Francisco

Lanzarse a la aventura de realizar una expedición para admirar estas milenarias obras de arte, en Baja California Sur, es una de las experiencias más extravagantes y contradictorias que un viajero puede vivir. Sin embargo, vale la pena, y mucho

Cañón de Santa Teresa, BCS. Resguardadas por un desierto, una sierra y un cañón profundo, en Baja California Sur existen unas milenarias pinturas rupestres, las mejores del país, que alguna vez en la vida hay que admirar in situ. Pero llegar hasta ellas no es sencillo. El viaje implica todo un periplo que conjuga aventura, campismo, ecoturismo, montañismo, cultura, turismo rural y gastronomía.

Hay que saber que esta experiencia carece de cualquier clase de lujo y comodidad. Por el contrario, para quien no está acostumbrado, puede resultar fatigosa, incómoda y con cierto grado de peligro. Pero vale mucho la pena.

Para comenzar, hay que volar a Guerrero Negro, una pequeña ciudad en medio de la península de Baja California. Pero no se debe llegar creyendo que las pinturas rupestres están a la vuelta de la esquina. No, arribar a Guerrero Negro es apenas el inicio de una larga travesía.

La expedición

Después de dormir la primera noche en Guerrero Negro, al siguiente día la mañana empieza muy temprano con café, machaca con huevo y jugo de naranja recién hecho. El clima a esa hora suele ser frío, por lo que hay que ir bien abrigado. El grueso del equipaje debe quedarse encargado en el hotel y en una mochila llevar lo estrictamente necesario para pasar tres días en el fondo de una cañada.

Salir de Guerrero Negro es cosa de minutos. En poco tiempo la camioneta transita sobre una interminable y recta línea negra de asfalto que parte en dos el desierto que aquí todo lo abarca. Pronto, frente a la monotonía del paisaje árido y el clima hostil, el viajero descubre que estar en este sitio sólo lleva a dos conclusiones: el rechazo total a esta tierra seca que parece no tener nada, o caer seducido por la magia y el encanto del desierto con su abandono, sus vistas desoladas, sus agrestes jardines de cardones, choyas y pitahayas, con su falsa inmovilidad donde bulle una vida que no se descubre a simple vista.

Estamos cruzando el desierto de El Vizcaíno, una inmensa reserva de la biosfera que parece no tener fin. Una hora después de haber salido, llegamos a la desviación que lleva a la sierra de San Francisco. Lo que miramos es una línea de terracería de 37 kilómetros que se abre camino en medio de un bosque de miles de cactus y que desemboca en las montañas que a lo lejos se levantan señoriales sobre la planicie. Allá vamos. Alcanzamos los cerros y en unos cuantos minutos avanzamos junto a un profundo cañón acompañados por cientos de cirios, zanahorias gigantes que nos vigilan desde la orilla del sendero.

A las once y media de la mañana llegamos a un caserío polvoso, en medio de la nada, donde vive quien será nuestro guía por los laberintos de la cordillera.

Mientras cargan los burros con todo lo necesario para el campamento que habremos de levantar, comemos y nos preparamos con lo indispensable para aguantar la larga travesía que nos espera: sombrero, bloqueador solar, paliacate al cuello y polainas de cuero que cubren del tobillo a la rodilla, para protegernos de las bravas espinas de los arbustos y las cactáceas, y de las víboras de cascabel que por aquí abundan y gustan de morder en las espinillas.

A la una de la tarde montamos en mulas e iniciamos la cabalgata de cinco horas que habrá de adentrarnos en un mundo nuevo y asombroso. Los primeros 45 minutos avanzamos tranquilamente sobre terreno plano, hasta que llegamos a la orilla del cañón de Santa Teresa, un profundo y largo tajo en la montaña que se nos muestra poderoso y amenazador, al que habremos de bajar para alcanzar nuestro objetivo. Durante horas cabalgamos sobre caminos imaginarios que sólo existen en la memoria de las bestias, al borde de hondos desfiladeros. Una hilera de siete burros nos antecede y aquello es igual que una postal del viejo oeste. En esta inmensidad reina un inconmensurable silencio que a veces trae sonidos lejanos como el canto de alguna ave o el rugido del viento que golpea nuestra cara.

El avance es difícil y lento, jugoso de adrenalina, pero al mismo tiempo la fascinación de esa grandiosidad compensa y hace sentir que vale la pena el riesgo.

Y más cuando, ya cerca de alcanzar el fondo de la cañada, cruzamos un bosque de inverosímiles árboles dorados que llaman Toro, sin hojas y con ramas más gruesas que el tronco. Pero lo mejor está por venir. Al llegar finalmente al fondo del cañón, que es el lecho de un río prácticamente seco, en medio de la aridez nos topamos con oasis de cuento árabe, con pozas de agua, arena y esbeltas palmeras de hasta treinta metros de alto, que nos regalan sus dátiles dulces, como premio a tanto esfuerzo. Ahí levantamos el campamento y esperamos el siguiente día para ir a buscar las milenarias pinturas rupestres.

La gran noche y el primer día

Despertar la primera mañana en el fondo del cañón de Santa Teresa es abrir los ojos y continuar pegado a la noche. El frío matutino envuelve la pequeña casa de campaña a donde penetran los sonidos de la montaña: pájaros que se saludan a lo lejos, insectos incansables que continúan cantando después de las largas horas nocturnas, abejas que zumban cerca del campamento.

Pero la memoria sigue colgada de ese cielo nunca visto, tan negro y tan luminoso, que nos asombró después de cenar. Cuando el sol se fue, comenzó el espectáculo de la oscuridad que por largos lapsos nos obligó al silencio. Primero emergió la luna redonda y gigante, solitaria y majestuosa en la opacidad de la bóveda celeste; después, lentamente, sin prisa, una tras otras fueron encendiéndose las estrellas, mientras con una facilidad inaudita íbamos descubriendo que fuera del planeta hay un tránsito insospechado. A cada rato mirábamos cruzar por la redondez del firmamento a los satélites artificiales, unos más rápidos que otros, como si fueran luceros que caminan o corren. Pero lo que más celebrábamos eran las estrellas fugaces, que de vez en cuando se desgranaban en el abismo insondable de la noche, como si dios estuviera celebrando con fuegos pirotécnicos. Con esa foto en la pupila desperté la primera mañana en esta profundidad de la sierra.

Salí de la casa de campaña y el día era demasiado blanco y el sereno sobradamente fresco. Miré las altas paredes del cañón, que en este lugar llaman El Cacarizo, adornadas con cactus y peñascos; redescubrí que habíamos acampado en un extraño oasis en medio de esta tierra desértica, y disfruté de la insólita visión de las altas palmeras, de la cálida sensación de pisar la arena en la orilla de una poza junto a la que me arrodillé para empapar mi cara y el cabello en sustitución del baño.

En el aire flotaba ya un olor a café nuevo y huevos revueltos que el cocinero comenzó a preparar cuando los demás aún dormíamos. Desayunamos mirando levantarse a un frío sol que todavía no penetraba en el cañón, pero que tan sólo verlo nos calentaba el ánimo. Después, iniciamos el tramo final del objetivo que nos había traído hasta aquí: las milenarias pinturas rupestres de la sierra de San Francisco.

El recorrido está bien planeado y los guías lo desarrollan de menos a más. Nos calzamos de nuevo las polainas de cuero y ya nada de montar bestias: a caminar, a escalar, a subir y bajar laderas pedregosas para alcanzar el primer vestigio escondido en un recoveco del cañón. Así llegamos frente a una roca donde hay petroglifos aún sin descifrar. Es poco conocida y, como no tiene nombre oficial, le llaman la “Piedra de Chuy”, porque Jesús se llama el guía que la descubrió hace apenas unos años.    

Las muescas en la piedra, que no contiene ninguna figura específica, se convierten en un juego para ejercitar la imaginación, donde uno verá lo que quiera ver: peces, pulpos, tortugas, caballos y sexos de hombre y mujer parecen estar contenidos.

De ahí nos encaminamos a la Cueva del Músico, a la que llegamos agitados luego de escalar otra ladera. Más que caverna, es una hendidura en la montaña con pocos metros de profundidad, donde en el techo observamos las primeras pinturas rupestres. Se trata de una docena de figuras humanoides, todas rojas y con un solo brazo, dibujadas en una losa plana. Sobre ellas alguien trazó una cuadrícula blanca a manera de pentagrama y de ahí su nombre, porque no aparece ningún instrumento musical en el mural.

En este lado del cañón aún no pega el sol, lo que lo convierte en un rincón refrescante. Después seguiría un trecho más duro. Regresamos al fondo de la cañada y caminamos sobre el lecho del río, para posteriormente escalar un pequeño pero empinado tramo que nos lleva a la Boca de San Julio. En este recoveco del cerro las pinturas también se encuentran en el techo. La escena representa una jornada de cacería, con tres grandes venados rojos con la panza negra y otros similares más pequeños. Ya con los calientes rayos solares encima, nos sentamos un rato a contemplar la obra cuya hechura data de entre diez mil y once mil años.

Regresamos al campamento a la una de la tarde, con la frustración de no habernos podido sumergir en una poza que encontramos en el camino, donde ya varias serpientes nadaban despreocupadamente. Comemos bajo la sombra de un árbol y las dos y media emprendemos de nuevo la caminata para llegar al plato fuerte de estos testimonios pictóricos.

La Pintada

La Pintada es como una larga herida en la ladera de la cañada, donde los nómadas que por aquí se estacionaron al encontrar estos extraños oasis plasmaron lo que más les llamaba la atención de su entorno.

En esta zona del centro de la península de Baja California hay pinturas rupestres diseminadas en doce mil kilómetros cuadrados, pero La Pintada es el mural más grande e importante de todos. Es una prolongada sucesión de figuras en pared y techo donde aparecen hombres con tocados de una o tres puntas, mujeres y animales como venados, borrego cimarrón, liebres, conejos, pumas, zopilotes, codornices, peces, tortugas, lobos marinos y hasta ballenas. También hay escenas de caza y de peleas entre un venado y un borrego cimarrón.

La segunda cueva en importancia es Las Flechas, localizada enfrente, en la pared contraria de la cañada, por lo que hay que descender al fondo y subir del lado contrario, en la escalada más difícil de todas. Pero vale la pena. Es un mural muy bello del que queda la duda si narra otra cacería o un combate entre guerreros mitad rojos y mitad negros unos, y otros totalmente rojos, cuyos líderes portan tocados.

Los hombres rojos están atravesados por varias flechas y atrás de cada uno, a la altura de sus oídos, hay hombrecitos rojos de cabeza. Y admirando todos esos trazos milenarios, se nos va la tarde. Poco antes del oscurecer retornamos a la base, listos para cenar y para gozar de nuevo de las maravillas del cielo nocturno. Mañana montaremos otra vez durante cinco horas para salir del cañón y regresar a Guerrero Negro.

BLEU GUIDE

UBICACIÓN

Guerrero Negro es la puerta de entrada al estado de Baja California Sur por el norte. Debe su nombre al barco ballenero Black Warrior, que en 1858 encalló por el fuerte oleaje en la Bahía de Vizcaíno. Los restos de la nave permanecieron ahí durante décadas, y de él la población tomó su nombre.

SUPERFICIE

El Desierto del Vizcaíno forma parte de la Reserva de la Biosfera El Vizcaíno. Se localiza en el municipio de Mulegé y posee una extensión de dos millones 546,790 hectáreas.

FLORA Y FAUNA

La Reserva El Vizcaíno contiene diez tipos de vegetación, con 447 especies. También es una zona muy rica en fauna: la habitan 308 especies de vertebrados terrestres y marinos, sin contar los peces, de las cuales cuatro son anfibios, 43 son reptiles, 192 aves y 69 mamíferos. Cada año, a sus lagunas de mar llega la ballena gris para aparearse.

HABITANTES

En toda la Reserva El Vizcaíno apenas hay 38 mil personas. Su densidad poblacional no llega a un habitante por kilómetro cuadrado.

IDIOMA

Español

CLAVE LADA

615.

VUELOS

La ruta más simple para llegar a Guerrero Negro es volar a Hermosillo, Sonora, y de ahí tomar otro avión al destino.

Por Aeroméxico, el costo del boleto redondo DF-Hermosillo es de $4,096. Por Interjet, saliendo del DF a Hermosillo, el boleto cuesta $3,313.

De Hermosillo a Guerrero Negro vuela la línea regional Aero Calafia. El precio del boleto redondo es de $2,601.

MÁS INFORMACIÓN

www.bcs.gob.mx

www.aeromexico.com

www.interjet.com.mx

www.aerocalafia.com.mx

CUÁNDO IR

Se puede ir durante todo el año. Pero, debido a que en primavera y verano el calor del desierto puede resultar agobiante, se recomiendan los meses de otoño e invierno.

NOTAS

A quién contratar

No es posible efectuar este viaje por cuenta propia. Se requiere de logística y guías, por lo que es imprescindible contactar con anticipación una agencia que se haga cargo de todo lo necesario. La más recomendable es Eco-Tours Malarrimo, que atiende su propietario Luis Enrique Achoy, un hombre simpático y amable, con muchos años de experiencia en este recorrido.

El tour de tres días y dos noches a la Sierra de San Francisco incluye guías, arrieros, burros y mulas, transportación en camioneta van con chofer, cocinero, alimentos, tiendas de acampar individuales, bolsas para dormir y permisos del Instituto Nacional de Antropología e Historia para entrar al sitio.

Para cada expedición se requiere de un mínimo de cuatro excursionistas y un máximo de ocho. El costo es de 450 dólares por persona.

Condiciones

Para ser elegible a realizar este tour, es necesario contar con buen estado de salud y condición física.

Las personas bajo tratamiento médico deben llevar suficiente medicamento. En caso de extranjeros, deben tener consigo, además, una copia de la prescripción médica o fórmula de sus medicinas.

Debido a que el viaje implica cierto riesgo, no se permiten menores de 16 años viajando solos, ni mayores de 65. En el caso de familias, los menores deberán viajar bajo la estricta supervisión y responsabilidad de sus padres.

No se aceptan personas que excedan los cien kilogramos de peso y el máximo de equipaje por persona es de diez kilos.

Ropa y equipo

Se recomienda llevar botas de campismo, pantalón –los shorts no son aconsejables--, chamarra o rompevientos, una mochila pequeña con efectos personales, lentes para sol, bloqueador y cámara fotográfica con flash. El INAH cobra una pequeña cuota por cada cámara que se lleve.

Más información:

www.malarrimo.com

Hospedaje

Eco-Tours Malarrimo también cuenta con un hotel en Guerrero Negro. Este viaje implica dos noches extra: una al llegar, para al siguiente día salir hacia la sierra; y la segunda al regresar, para tomar el avión de regreso a la mañana siguiente.

Es un hotel sencillo, pero cómodo. Cuenta con diez habitaciones estándar y seis suites. Todas cuentan con baño privado, televisión, cafetera, agua embotellada e internet inalámbrico sin costo extra.

Sus tarifas son de 400 pesos por noche, una persona en habitación estándar; 450 pesos por dos personas en el mismo cuarto; y 490 pesos por la suite.

Además, dispone de dos tiendas: una de recuerdos y artesanías; y la otra de conveniencia donde se pueden comprar vinos, licores, refrescos, artículos de aseo personal, ultramarinos y productos de la región.

Para comer

Un restaurante que no te debes perder en Guerrero Negro es el Malarrimo, propiedad de la misma empresa que organiza los tours. El nombre lo tomó de una playa que hay en la región, de fuerte oleaje, que provocó que varias embarcaciones encallaran. Por esta razón es que se le conoció como la playa del mal arrimo. Se encuentra en el “codo” de la península de Baja California que podemos ver fácilmente en el mapa.

Frente a esa playa pasa una corriente muy fuerte que viene desde Japón, la cual arrastra toda la basura que se va encontrando en el océano Pacífico. Como el “codo” de la península de Baja California es una saliente de tierra, en ella choca esta corriente y esto provoca que ahí recalen todos esos desechos, convirtiendo a la playa en un basurero natural.

Este restaurante está decorado con muchos de esos objetos, que van desde viejas cajas de madera de Coca-Cola, hasta boyas, remos, chalecos salvavidas y un sinfín de cosas extraordinarias.

El restaurante se fundó en 1973 y ofrece un menú de mariscos que incluye el Callo Mano de León, famoso en la zona, así como comida mexicana e internacional. Tiene un cuarto de recreo y servicio de bar. Una cena en este restaurante es el mejor lugar para rematar la aventura del viaje a las pinturas rupestres y, si durante el tour logras hacer buena química con su dueño Luis Enrique –lo cual no es difícil--, muy probablemente te invite, por cuenta de la casa, un par de tequilas de una reserva especial que tiene. 

El espectáculo de la sal

El turismo es una actividad complementaria en la localidad de Guerrero Negro. Su principal recurso productivo radica en una salinera: Exportadora de Sal, cuyas instalaciones es posible visitar.

Un recorrido por esta fábrica es un buen complemento del viaje. Resulta todo un espectáculo ver la manera en que se extrae la sal del mar, lo cual implica entrar en un mundo donde todo es inmenso. Desde el campo donde se encuentran los depósitos de este sazonador, el cual asemeja a un inmenso lago de hielo, hasta los enormes camiones que lo transportan a las bandas que lo llevan a las máquinas que lo trituran en diferentes grosores, para terminar siendo derramado en un lugar específico donde forma monumentales montañas blancas, antes de ser transportado en barcos. 

Los berrendos

Otra visita que enriquecerá tu viaje a esta región de Baja California Sur es a la reservación donde se cría y protege al berrendo, un animal en serio peligro de extinción.

El berrendo es una especie de siervo que habita en el norte de México y que tiene la peculiaridad de ser el animal que desarrolla la mayor velocidad en tramos largos.

Las dunas caminantes

Algo insólito, que tampoco te debes perder es el peculiar espectáculo de las dunas caminantes. Las encuentras de camino al rancho donde se conserva a los berrendos.

Esa carretera cruza en medio de dunas de arena que, por la acción del viento, casi imperceptiblemente, lenta pero persistentemente, convertidas un fino polvo, poco a poco van invadiendo la cinta asfáltica hasta cubrirla totalmente. En unos cuantos días estas dunas caminantes pueden devorar la carretera y borrarla, por lo que es necesario que constantemente las autoridades locales tengan que utilizar maquinaria para limpiar el camino y permitir que siga siendo transitable.

Cuando estás ahí, aparentemente nada se mueve, aunque veas manchones de arena sobre el asfalto. Sin embargo, si te hincas y pones tus ojos al ras del suelo, verás que un sutil halo de arena se levanta unos cuantos centímetros y avanza inexorablemente cubriendo todo lo que está a su paso. Es un peculiar fenómeno que pocas veces se puede presenciar.

Revista Bleu & Blanc

 

 

Modificado el ( domingo, 16 de mayo de 2010 )
 
Siguiente >