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Praga, la ciudad de Kafka, de Samsa, de Havel, de Masaryk PDF Imprimir E-Mail
escrito por Gustavo Armenta   
miércoles, 24 de marzo de 2010

Praga, la ciudad de Kafka, de Samsa, de Havel, de Masaryk

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Por Gustavo Armenta

PRAGA. Marzo 31 de 2010. Un patio amurallado antecede la entrada al museo de Kafka. Y ahí, en esa pequeña explanada, comienzan las sorpresas. En su centro hay una fuente con dos esculturas de hombres verdes, de frente uno al otro, desnudos, que orinan con sendos falos gordos que suben y bajan. Frente a ellos, los hombres sólo sonríen a prudente distancia, pero las mujeres se acercan hasta casi tocarlos, se ríen abiertamente, los toman del brazo, les causa gracia, se divierten, señalan esos miembros con el índice, lanzan carcajadas, hacen bromas, sueñan, se revelan.

Y ante este recibimiento extraño que hace el museo a sus visitantes, ¿qué tiene de raro? Es Kafka, es su museo, es la entrada, es sólo el principio, es lo inesperado…

 

2010 Enero 24

Praga, la ciudad de Kafka, de Samsa, de Havel, de Masaryk

La capital de la República Checa es una de las más bellas del mundo. Es el rostro de una nación cuya historia le ha dejado profundas cicatrices que no oculta, guerras y ocupaciones, pero también esplendor y grandeza. Pero lo mejor, es que está más cerca de lo que te imaginas

Praga. Un patio amurallado antecede la entrada al museo de Kafka. Y ahí, en esa pequeña explanada, comienzan las sorpresas. En su centro hay una fuente con dos esculturas de hombres verdes, de frente uno al otro, desnudos, que orinan con sendos falos gordos que suben y bajan. Frente a ellos, los hombres sólo sonríen a prudente distancia, pero las mujeres se acercan hasta casi tocarlos, se ríen abiertamente, los toman del brazo, les causa gracia, se divierten, señalan esos miembros con el índice –como si hiciera falta--, lanzan carcajadas, hacen bromas, sueñan, se revelan. Y ante este recibimiento extraño que hace el museo a sus visitantes, ¿qué tiene de raro? Es Kafka, es su museo, es la entrada, es sólo el principio, es lo inesperado. Hombres verdes que sin pudor desnudos orinan con sus sexos al aire, que anticipan la entrada al mundo del escritor que representa lo irreal, lo absurdo, lo increíble, lo inexplicable. Estas efigies son únicamente la representación de algo natural, fisiológico, que todos hacemos a diario, pero a escondidas, en la intimidad de un pequeño cuarto donde nos ocultamos para ejecutarlo. Pero aquí, al representarlo en un lugar público, se convierte en algo raro, que confronta, provocando discretas sonrisas, carcajadas, caras adustas, miradas que se desvían y pasan de largo. Cada quien reacciona de acuerdo a su idiosincrasia, a su cultura, a su infancia. Quizá sea la intención. Aún no se entra al museo y ya se vivió un momento kafkiano. Y más cuando descubrimos --¿o será mi imaginación?— que la fuente sobre la que están parados y orinan los verdes hombres parece reproducir el contorno del mapa del país. ¿Orinarse en la patria? ¿Qué significado podría tener? Bueno, es la antesala del mundo de este famosísimo escritor checo. Quizá las estatuas representen a extranjeros, a los invasores que durante años los dominaron.

México y la República Checa

Aunque son países muy diferentes, México se identifica con la República Checa precisamente por eso, porque el nuestro, como una muestra de orgullo, siempre ha presumido de ser una nación “kafkiana”, por lo incomprensible y absurda que a veces puede ser.

Pero no sólo eso. Pocos saben que la famosa avenida Masaryk de la colonia Polanco en la Ciudad de México, conocida por aglutinar a la mayoría de las tiendas más caras, lleva el nombre de Tomás Garrigue Masaryk, quien en 1918 fundó la República de Checoslovaquia, país del que fue su primer presidente, siendo reelegido tres veces. Antes de esto, el territorio formaba parte del imperio Austro-Húngaro, que durante muchos años gobernaron los Habsburgo. ¿Te suena el apellido? A mediados del siglo XIX, en 1864, uno de ellos: Maximiliano de Habsburgo, intentó ser emperador de México instalándose a vivir en el Castillo de Chapultepec, pero fue derrotado por los generales mexicanos, entre los que se encontraba Porfirio Díaz, que estaban al servicio del presidente Benito Juárez. Poco menos de tres años después lo fusilaron.        

Otro punto de contacto entre ambos países es que allá existe un gran culto a un Niño Dios conocido como el “Niño de Praga” que, procedente de España, llegó a principios del siglo XVII. Pues en la Ciudad de México existe la calle Praga, no muy larga, que va de avenida Reforma a avenida Chapultepec. Y ahí, en la esquina de Praga y Reforma, existe una capilla dedicada al Niño de Praga.

La gran ciudad

Praga, capital del país, es una ciudad vieja que se ve vieja. Y ahí radica su encanto, porque está perfectamente conservada. Es tanta la historia que cargan sus muros, tantos siglos, que abruma y desespera no poder conocerla completa en unos cuantos días. Con una estructura medieval, la ciudad está coronada por el Castillo de Praga que se levanta con sus torres de aguja por encima de toda la urbe en lo alto de una colina. Abajo, serpentea el río Moldava cruzado por 17 puentes de piedra. Es el más largo del país, que pasa por varias ciudades hasta que desemboca en el inmenso río Elba, el mismo que baña las riberas de Hamburgo, en Alemania.

El más famoso de todos los puentes es el Puente de Carlos, que el rey Carlos IV mando construir a mediados del siglo XVII para sustituir al Puente de Judit, destruido quince años antes por una creciente del río. Mide 520 metros de largo por diez de ancho y se sostiene sobre 16 arcos.

Para los millones de turistas que cada año llegan ansiosos por conocer a ésta, que es una de las capitales más bellas del mundo, el recorrido tiene que iniciar, irremediable y forzosamente, en el Puente de Carlos que, además, está convertido en un paseo escultórico, ya que sus pilares se convirtieron en pedestales donde descansan 28 formidables estatuas, muchas con temas religiosos. A todo lo largo de este puente se apostan pintores, músicos y todo tipo de vendedores, que tratan de vender algo a los miles de visitantes que diariamente lo cruzan a toda hora. Recorrerlo es algo realmente impresionante y una hazaña. Es tanta la gente que ahí confluye, que en algunos tramos resulta imposible no ir rozando o chocando con alguien más, circulación de turistas que se complica porque todos se detienen para tomarse una foto en el puente o para fotografiar las vistas de la ciudad que desde este punto son hermosos paisajes en los que se conjuga el perfil urbano de los edificios y monumentos, con la belleza del río que se extiende hasta perderse de vista.

Resulta imposible hacer un recuento de todo lo que hay que ver en Praga. Es una ciudad-museo tejida con los hilos de sus calles angostas y ondulantes, donde en cualquier lugar te topas con una plazoleta, una escalera, una fuente, una sobria escultura, un monumento, un edificio, una iglesia, una torre o los restos de alguna construcción que lleva ahí siglos esperándote para que la admires, para que te admires y te felicites en silencio por haber podido alguna vez llegar hasta ahí.

Obviamente, hay visitas obligadas que no te debes perder: la Ciudad Vieja y su gran plaza llena de vida y restaurantes, con su gran reloj medieval; el Barrio Judío y el de Malá Strana, que debes cruzar para llegar al Castillo, en cuyos dominios se encuentra la Catedral de San Vito y más adelante el palacio Lobkowicz, propiedad de una familia que lleva este apellido, convertido hoy en museo.

Sólo para no dejarlo pasar: en este país destacaron dos familias de nobles: los Liechtenstein y los Lobkowicz. Ambas eran añejas, ricas, poderosas y con grandes propiedades. Ambas perdieron sus posesiones a manos de los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial. Al término de ésta, el gobierno acusó de colaboracionistas con los alemanes a los Liechtenstein, quienes se tuvieron que mudar a su principado que aún existe junto a Austria y Suiza. Por el contrario, a los Lobkowicz, que siempre fueron anti nazis, les devolvió la mayoría de sus bienes. Sin embargo, pocos años después, con la invasión soviética, de nuevo se les confiscaron sus propiedades. Pero una vez más les fueron devueltas por Václav Havel, el poeta que fuera el último presidente de Checoslovaquia y el primero de la República Checa, en 1993. En ese año también nació la República de Eslovaquia, como producto de la separación.

Hasta la fecha, los Lobkowicz son una familia muy respetada y el palacio es un museo de su historia familiar. En sus salones se puede admirar desde una armadura, hasta una fotografía de Carlos Fuentes saludando al actual propietario del palacio.

Praga es la gran ciudad, y para amarla, basta alcanzar la flama de Franz Kafka. Praga va a Kafka. Kafka va a Samsa, a la Malá Strana, a las plazas, a la Baba, a la Vlasská, a la Casa Campana, al Vltava, a la fama.

Dónde comer

Al ser una ciudad tan visitada, Praga tiene una espléndida infraestructura de servicios turísticos. Este país posee también buena gastronomía que vale la pena proba no sólo en restaurantes elegantes, sino también en los pequeños establecimientos que abundan por todos lados, incluyendo los puestos callejeros.

Dónde dormir

Hoteles hay muchos, pero existen dos especiales, ambos en instalaciones de viejos monasterios remodelados: The Augustine, de la cadena de hoteles boutique Rocco Forte (rocofortecollection.com); y el Mandarin Oriental (mandarinoriental.com). Pero ten en cuenta que los precios van a partir de los 300 euros.

Cómo llegar

Praga está más cerca de lo que crees. Te recomendamos volar a París por Air France y ahí hacer de inmediato la conexión. En hora y media más estarás en la capital checa. Una ventaja de República Checa es que aún maneja su moneda local llamada corona, la cual es más débil que el peso mexicano. Son 25 por un euro.

Milenio Diario. Suplemento TornaVuelta

Modificado el ( lunes, 05 de abril de 2010 )
 
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