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El Quelite, un ejemplo de turismo rural PDF Imprimir E-Mail
escrito por Gustavo Armenta   
domingo, 16 de marzo de 2003

2003 Marzo 15

El Quelite, un ejemplo de turismo rural

El encanto de lo sencillo

El Quelite, Sinaloa. Los habitantes de El Quelite estaban acostumbrados a ver a los turistas de lejos, a oír hablar de esos miles de fuereños, mexicanos y extranjeros, que llegan a vacacionar a las playas de Mazatlán.

Y a pesar de estar a tan sólo 33 kilómetros de ese balneario, nunca habían imaginado que su pequeño pueblo de agricultores podía ofrecer algo atractivo para motivar a esos viajeros a alejarse por unas horas del mar, para vivir una experiencia diferente: convivir con una comunidad rural de 1,500 habitantes, conocer sus costumbres y forma de vida, compartir con ellos y aprender que lo sencillo también tiene su encanto y puede resultar hasta sofisticado.

Fue Roberto Rojo, cuenta Marcos Gabriel Osuna, encargado de turismo en esta localidad, un empleado de los hoteles El Cid y de nacionalidad estadounidense, quien en 1998 comenzó a llevar grupos de turistas de Mazatlán a El Quelite y en común acuerdo con Bernardo Osuna organizaban exhibiciones de Ulama, juego de pelota prehispánico; espectáculos de charrería, peleas de gallos sin navajas y comidas para entretener a los visitantes.

Pronto el pueblo se dio cuenta de que recibir a 20 ó 30 turistas al día, les representaba una derrama económica que resultaba significativa para un poblado con tan poca gente.

Se miraron a sí mismos y se dieron cuenta que sin tener una infraestructura turística, ellos mismos, su forma de vivir, sus casas, sus tradiciones y su manera de ganarse la vida, son un tesoro que ofrecer a los muchos citadinos que nunca han visto una vaca en vivo o que piensan que los huevos que se desayunan a diario salen de fábricas mecanizadas, por decir lo menos.

Así descubrieron que lo que para ellos es simplemente rutina cotidiana, para muchos otros puede resultar una experiencia única y emocionante, por la cual están dispuestos a pagar.

Como resultado, casi sin proponérselo, este poblado se convirtió en el experimento piloto del programa de Turismo Rural de Sinaloa. Y ahora tienen recorridos organizados en los cuales los turistas pueden presenciar cómo se fabrican quesos, visitar una panadería, un rancho donde crían gallos de pelea, probar la gastronomía casera local, que incluye machaca, asado y chilorio, además de las "coyotas", empanadas de calabaza horneadas en forma tradicional en un rudimentario horno de piedra y ladrillo; montar a caballo, escuchar a una banda de pueblo, observar suertes de charrería y un juego de Ulama, ya que aquí presumen de ser la cuna de este deporte precolombino.

El desarrollo de esta vocación turística ha tenido ya un efecto social positivo en la localidad: ha ayudado a frenar la emigración hacia Estados Unidos.

Pero quizá el mayor atractivo sea su arquitectura, donde todas las casas muestran al frente verandas, ideales para tomar el fresco de la tarde en tierras tan calientes como ésta, lo que le da un aire campirano y vernáculo lleno de tranquilidad.

Al llegar, la percepción inmediata es que en El Quelite la vida tiene otro ritmo, que transcurre con lentitud, sin prisas ni presiones, donde la gente se conoce y se saluda por su nombre y los caballos son todavía un medio de transporte.

Para dormir

Y precisamente por esta sensación de tranquilidad, es que a muchos visitantes se les antoja quedarse uno o más días, simplemente para respirar ese aire despojado de estrés y darse tiempo de caminar las calles, admirar las casas, convivir con los lugareños, conocer el panteón y los óleos del siglo XVII que se exhiben en el templo dedicado a la Virgen de Guadalupe.

Para ello existen dos diminutos hoteles de unos cuantos cuartos que resultan toda una sorpresa: El Mesón de los Laureanos, que se conforma de dos habitaciones y un restaurante donde después de comer no dan ganas de levantarse, sino de seguir ahí, bebiendo cervezas Pacífico para prolongar la sobremesa y disfrutar del lugar mirando el patio habitado por buganvilias, cactus y agaváceas que resultan una espectáculo; y El Mesón de Doña Mercedes, a una cuadra de distancia, con cuatro habitaciones y patios interiores cuidadosamente diseñados.

Dentro de toda esa sencillez, estos hoteles que en realidad son casas adaptadas como tales, no le piden nada a hoteles boutique de tarifas mucho mayores. Son extremadamente limpios y frescos, delicadamente decorados con muebles antiguos y detalles de lámparas y mosaicos en los baños pintados a mano, así como la ropa de cama y las cortinas. Pero lo mejor de todo es su precio: 50 dólares diarios con desayuno incluido.

Para más informes se puede comunicar al teléfono (669) 9654-194 y 9654-143 o al correo electrónico

Revista 7Cambio

Modificado el ( martes, 17 de mayo de 2011 )
 
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